miércoles, 26 de junio de 2013

QUINCE MINUTOS DE FAMA




Esto ocurrió esta semana, digamos que fue algo raro y nuevo para mí. Para empezar, era Lunes, supongo que a la mayoría de personas le sucede exactamente lo mismo, vienes de juerguear todo el fin de semana y cuando llega el Domingo te aflige ver como el Sol se va ocultando poco a poco, acabando así el popular día familiar, para darle paso al primer día de la larga semana que te espera.

Los lunes – como cualquier otro lunes del año - empiezas con pereza, resignado a iniciar la semana. Llegas a tu trabajo, oficina,  tu negocio, tu tienda o cualquier otro lugar donde cumples tus obligaciones profesionales, y desde ya tomas conciencia de toda la carga laboral que te espera durante del día, los pendientes de la semana pasada, las indicaciones de tu jefe o jefa, el pedido de apoyo de tus compañeros de trabajo y las nuevas adquisiciones laborales que te toca manejar.

Como dije, los lunes son muy pesados para mí y quizás también para la mayoría. Ese día en particular tenia mil cosas que hacer y una de ella era hacer un trámite rápido en una Notaria.

Estuve tan atareado ese día, que perdí la noción del tiempo, eran ya las 3:30 de la tarde y aun no almorzaba. Me dirigí a una Notaria X para legalizar algunos documentos y el fulanito, asistente del notario, me informaba que el dueño de casa (o sea el Notario) no estaba y que el tramite estaría listo a las 4:40 p.m, a regaña dientes tuve que aceptar su propuesta, no tenía otra opción.

Aquel breve lapso de tiempo, me dio oportunidad de comer algo rápido.  No disponía de mucho tiempo, así que como me encontraba cerca a Risso, decidí bajar a uno de esos lugares de comida rápida que han invadido todo el lugar.

Me paré frente al cartel de Hamburguesas y observaba con detenimiento las muchas clases y variedades que disponían, mientras repasaba de arriba abajo los ingredientes de tan grasientos manjares, mis glándulas salivales se activaron, empezaron a estimularse y borbotear. Mi estomago crujía como el sonido de un motor de Volkswagen  tipo escarabajo, eso era señal de que me cagaba de hambre.

Si por mí fuera regresaría a la oficina, sacaría mi taper con saltado de espárragos y lo calentaría en el microondas para luego comer un almuerzo decente, pero no era posible, me encontraba a años luz de distancia, así que, con total desproporción, me pedí una Especial doble. Es decir, una hamburguesa que  contenía: dos filetes de carne, dos huevos fritos, dos lonjas de queso y jamón, y dos chorizos cocinados a la parrilla, claro está, que todo tenía que ir bañado con abundante mayonesa.

Cuando me acerque a recibir mi orden, la chica que me atendió, me sonrió diplomáticamente entregándome la bandeja de comida, de reojo pude captar que me miraba con una expresión de asco, como quien decir: “¿todo eso te vas a comer? ¡Cerdo goloso!”. Y es que, seamos honestos, mi bandeja era un show grasiento descomunal, estaba claro que después de arrasar con tal mezcla de carbohidratos y colesterol, mi panza se vería incrementada en no pocos centímetros. Con total desproporción arrase con semejante monstruo chatarrero, mi voracidad pudo más que mi sentido común.

Aun faltaba media hora para regresar a la Notaria, decidí ir al BCP para realizar algunos pagos pendientes. Abrí la puerta del local y me senté a esperar mi turno con el papelito electrónico en la mano.

Mientras observaba con desgano los videos de cámara escondida que proyectaban en los monitores del banco, pude percatar que una de las chicas de la ventanilla me miraba de reojo, desde mi asiento no se podía divisar bien el rostro de la fulana, pero era muy evidente el modo en que pegaba su mirada en mi con gran empeño y sobre todo con roche, lo digo así, porque era muy extraño ver a aquella chica levantar unos centímetros su cabeza, los suficientes como para que sus ojos alcancen a mira por encima de la barra que separaba su asiento de los del público.

Llego el momento de mi turno y por azares del destino para su mala (o mi buena) suerte, justo me toco ir a la ventanilla de esta chica misteriosa.

Al acercarme a la ventanilla, note que me atendía una chica excesivamente linda, una Miss Universo, una maja de mujer que me sonreía al otro lado del mostrador y me deslucía, me empequeñecía, para decirlo en buen cristiano, me atarantaba, haciéndome olvidar por un momento para qué diablos fui: si a pagar cuentas, cobrar un cheque, hacer un deposito o a que. 

- Hola ¿en qué puedo ayudarte?, me dijo, pegándome una sonrisa deslúmbrate y hechicera

- Buenas tardes, ah…. si…. claro….. este…… si….. yo,,,, yo,,,, este… si, vine para hacer un deposito. No, no, no sorry, vine a pagar esta cuenta.

La chica de la ventanilla atino a emitir una pequeña carcajada y dispararme desde su asiento una mirada dulce, cómplice y sobre todo matadora.

- ¿Puedo ayudarte en algo más? me pregunto, riéndose malévolamente y ladeando la cabeza como toda una modelo

Como me encontraba en estado de shock, solo atine a responder como un autómata.

- No, gracias, eso es todo. Has sido muy amable

Justo en el momento que la guapísima chica de la ventanilla me entregaba mi Boucher, me hace una pregunta que me descuadra totalmente de mis casillas.

- Amigo disculpa, pero ¿tú no eres el que escribe en “Memorias de una Rata”?

- ¿Ah? este ¡¡¡¡SI, soy yo!!!! le contesto totalmente descomputado, refregándome la oreja, pensando que había escuchado mal.

- Mira que coincidencia, con razón tu cara se me hacia conocida, ya decía yo, en algún lado he visto a este chico.  Lo que pasa es que yo leo tu blog y me mato de la risa de las cosas que escribes ¿Te llamas Alex Cristian no?

- Wuau ¿De verdad lees mi blog? este, sí, soy yo, perdón, este, no, Soy Alan Cris.

- Hay Sorry, lo que pasa es que tengo una amiga que trabaja en el BCP de Ica y ella me paso el link de tu blog y es por eso que te leo.

- Valla que chico es el mundo, y dime algo ¿con quién tengo el gusto? Justo en ese momento que ella se disponía a decirme su nombre, la gente del público, al ver nuestra charla tan amena y entretenida, comienza hacer bulla, a quejarse y lanzar comentarios al aire del tipo: “mejor pídete una cerveza para que puedas conversar tranquilo”, “o mejor llévatela a un café y ahí nadie te molestara”, “estamos apurados señorita, puede hablar con su amigo otro día”.

La linda chica del BCP, al verse presionada por los clientes del Banco, solo atino a despedirse de manera rápida: “Bueno fue un gusto, cuídate, sigue escribiendo así”

Salí del banco embobado, al parecer la ultima sonrisa que me disparo dejo alterado todo mi sistema emocional. Lamente ser tan idiota de no poder preguntarle su nombre desde un inicio, medité la opción de esperar en la puerta hasta que llegara la hora de salida del banco, pero recapacite en lo absurdo, ridículo y psicópata que se vería que un sujeto cualquiera te esperara cuatro horas parado afuera solo para preguntarte tu nombre. Como que sonaba medio obsesivo. Muy friqui

En esas mongolitas cavilaciones andaba, cuando se me ocurrió una salida más salomónica, aunque algo huachafa y riesgosa. En lugar de regresar al banco, hacer nuevamente la cola y esperar a que la suerte me sonría y me vuelva a tocar en la misma ventanilla, opte por escribirle una memoria. Esta memoria. Necesito que ella lo lea o que lo lea alguien que la conozca.

Si tú lo lees, chica del BCP, espero que contestes, que dejes alguna pista, algún comentario, una luz que me haga creer que el conocerte no fue mentira. Por otro lado, si no escribieras nada, entonces lo entenderé y dejare de imaginar y fantasear con adornos florales y corazones con alitas. Se que se ve medio loco y extraño lo que estoy haciendo, pero, también fue extraño las circunstancias en que la conocí, eso – quizás – debe significar algo.  

Edición y Fotografía: Dessiree Ramos Angeles (la ojona y cada vez más delgada, Dessita. Que cada día tiene más jale con los carameleros y moto taxistas)
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[Chica BCP, si tuviera el gusto de conocerte y salir por ahí, definitivamente bailaría esta canción contigo hasta que me salgan ampollas]

 



lunes, 10 de junio de 2013

MI NOVIA ES UN ZOMBI




Una tarde del 2004, discutía con B (una ex enamorada); por aquel entonces tenía 17 años, estábamos sentados en el sofá de la sala de su casa, ya no recuerdo que reproches nos hacíamos, pero sí sé que el ambiente se puso algo cargado. Llegó un determinado momento en el cual le recriminaba sus constantes engreimientos, ella no encontró mejor forma de responderme que con un insulto: “eres un idiota”.
Su respuesta me sonó tan obscena, que me causó una súbita indignación. Esas tres silabas que acababa de pronunciar (i/dio/ta) fueron el detonante para que pusiera fin a la precaria discusión adolescente. Me paré en el acto  y con una mezcla de arrebato y fanfarronería, le dije: ¿Sabes qué? ¡Me Quito! Estaba furioso, dolido, taciturno, parecía como si me hubiese sacado la vuelta 3 veces. En un Acto de arrepentimiento ella trato de persuadirme pero, como no pudo lograrlo, se interpuso entre la puerta y yo.
- ¿Por qué te vas si no quieres irte?
- Si me quiero ir.
- ¿Estás seguro?
- Claro que sí.
- Esta bien, pero luego te vas arrepentir.
- No lo creo.

Al ver que deposité mi mano en el picaporte de la puerta, ella no encontró mejor manera de detener mi escape, que con un tremendo y salivoso mordisco en el brazo. Sonará tonto y hasta masoquista, pero en vez de producirme más cólera y rabia de la que ya sentía, me invadió un súbito ataque de risa. Lo cómico era que, después de la mordiscada que me produjo, tenía la cara, de reprocharme  diciéndome: “¿No que te querías ir? vete pues”. Así que cada vez que intentaba poner mi mano en la perilla de la puerta, era atacado por otra mordedura de parte de B como si yo fuera una manzana o un pedazo de carne asada con patas.

Lo extremadamente irónico y extraño, era que me mataba de la risa como si  B me estuviera contando un chiste. Al final su estrategia de distracción le sirvió mucho, porque, al minuto siguiente entre risa y risa, nos metimos un chape como símbolo de paz.

A estas alturas, quizá los lectores pienses que sea un masoquista al que le gusta el golpe, siguiendo al pie de la letra el refrán de la paisana Jacinta: “más me pegas, más te quiero”. La verdad, no es así. Me causó gracia su repentina salida para una discusión que se salía de control.

Los días posteriores, llegaron a ser iguales a una batalla campal. Cada vez que discutíamos por una u otra cosa insignificante, a B no se le ocurría mejor manera de terminar la discusión que metiéndome otra mordía cual perro rabioso. La primera vez me pareció graciosa, cómica, algo fuera de lo común, pero a estas alturas, la verdad ya me producía una antipatía el estar quejándome de la manía que había adquirido B.


Al parecer mis constantes reproches hicieron que calmara su ímpetu de morderme, pero con lo que no contaba, era que había adquirido otro hábito, una conducta que nunca le había conocido. Y es que, cada vez que asistíamos a una fiesta, ella se quedaba paralizada varias horas, sin emitir una sola palabra, sin iniciar ninguna conversación, era lo que se dice una “chica parca”, “fría”, al mismo estilo de una emo sacada de Jirón Quilca. 

Lo curioso de todo esto era que días antes de invitarla al cumpleaños de fulanito, ella aceptaba con gran entusiasmo mis salidas fiesteras. Previamente desde luego, me hacia las preguntas de rigor: ¿Dónde era? ¿De quién era el tono? ¿Quiénes iban a ir? ¿Hasta qué hora nos íbamos a quedar? etc, etc, etc.

Llegado el día de la fiesta, pasaba a buscarla como es normal y la encontraba linda y espectacular como muchas veces. Verla en ese estado me agitaba el corazón y la baba borboteaba cayendo de mi boca. Lo que sí me parecía raro, es que minutos antes de salir de su casa, me informaba que ya había pedido permiso hasta la 1 de la mañana y con una cara de picara preguntaba “si de verdad tenía ganas de ir a la fiesta de menganito”. Desde luego, que Alan, Don Pepelmas, quien tenía el libido de un niño de cuatro años, respondía como un autómata programado sin opción a pensarlo: “Claro que sí amor, donde mas creías que íbamos a ir”.

Como muchas otras veces, llegábamos a la fiesta, y de inmediato se colgaba. Más de una vez pensé que se aburría en los tonos, que quizá no era lo suyo rodearse de tanta gente; pero qué diablos, estaba más embobado que Pucca persiguiendo a Garu y a esas alturas muy poco o nada me importaba que me hubiera mordido el brazo o que no emitiera ningún sonido en las fiestas. Además, me gustaba pasear de la mano de B por esos lugares y que los demás chicos promiscuos de mi edad, me miraran con envidia y recelo por el mujerón que llevaba de la mano.

A la semana siguiente, B me invitó a almorzar a su casa, era algo raro en ella, porque para empezar no sabía cocinar, era un total desastre frente a las ollas, sartenes y tablas de picar, además, ella no solía tener esos detalles tan femeninos. Era de esperarse que su mamá, la encantadora y consentidora Fabiola, cocinara el menú del día. Para sorpresa mía, la Sra. Fabiola, estaba preparando un rico Lomo Saltado, y mientras cortaba las tiras de carne para el platillo principal, B las salpimientaba a modo de ayudar en la cocina. Aquella escena me pareció muy tierna; para empezar me fascina ver que una mujer cocine, o al menos haga la finta de querer cocinar.  De un momento a otro  sonó el teléfono de la sala, como es lógico, la Sra. Fabiola se dirigió a contestar, dejándonos solos en la cocina por unos cuantos minutos.

Mientras que observaba a B aderezar las tiras de carne para el Lomo Saltado, me enamoraba más de ella como un tonto de las pelotas (de ahí el popular refrán de que a los hombres se les conquista por el estómago), en esas introspecciones idealistas marchaba, cuando de un momento a otro cogió un trozo de carne cruda – la cual iba a ser para el lomo – y sin ningún aviso se lo metió a la boca, engullendo con gran satisfacción aquel pedazo de res.

Entiendo que hay personas que les gusta la carne término medio, algunos les fascina comérselo a la inglesa (es decir, con sangre chorreando del plato), pero ¡comerlo crudo! es algo que en realidad no me cuadra. Fue por ello que al reprocharle tal barbaridad, ella me respondió de una manera muy fresa: “¿pero qué tiene de raro? ¿Acaso tú no has comido ceviche, que no es otra cosa que pescado crudo con limón y sal?”. Quise refutarle de una manera salomónica, pero en ese momento llegó su mamá con una gaseosa bajo el brazo, neutralizando así el episodio carnívoro que B acababa de interpretar.  

Aquella tarde me quedé en mi casa hecho una planta, mientras  fantaseaba con B y el futuro que nos esperaba juntos; con cuatro hijos acuesta, un perro salchicha y una casa de dos pisos color melón, tampoco podía dejar de imaginar absurdas teorías sobre el comportamiento de B. Analizaba todas las facetas que tuvo, desde morderme y comer carne cruda, hasta permanecer en silencio y no decir nada como un zombi en la fiestas.

Estaba claro que ella tenía un problema, pero la pregunta era ¿cuál sería la solución? ¿Conversar con ella sobre sus manías? ¿Informarles a sus viejos que tenía un trastorno con la carne cruda?  O simplemente cruzarme de piernas y esperar a que termine de convertirse en una loca y cual si fuera una película de Hannibal amanecer un día amarrado de pies a cabeza con el vientre descubierto, salpimientado y mordisqueado por la eufórica y caníbal de B.  

Claro que todas esas ideas sonaban muy descabelladas, hasta llegué pensar que tenía un complejo de Zombi, ¿qué puedo decir?, por aquel entonces era muy fanático de Resident Evil (un juego de PlayStation que esa ahora como decir The walking dead) y en ocasiones imaginaba que las acaloradas calles de Ica eran como Raccon City.

La noche del Viernes quedé en ir a su casa a ver una película que había comprado, cuando toque el timbre de su puerta, salió presurosa y muy bien arreglada, como si fuéramos a salir, de pronto pasó a informarme que sus papás se habían ido a una fiesta y que regresarían muy tarde por la madrugada, así que la casa estaría sola varias horas. En ese momento, como muchas otras veces, no capté la indirecta, me desparramé en el sofá de la sala y puse la película en marcha. Al final no vi ni cinco minutos de la película, ya que, de un momento a otro los besos acalorados no se hicieron esperar, todo iba transcurriendo con sutil normalidad, cuando una repentina mordida de labio hizo que saltara del sofá.

- ¿Qué te pasa? ¿Por qué hiciste eso?
- ¿Qué te pasa a ti? ¿Por qué reaccionas de esa manera?
- ¿No entiendes que no me gusta que me muerdas?
- O sea que vas hacer un drama con todo esto y seguro ahora te vas a querer ir.
- Pues sí, no me siento cómodo ¡Me voy!
- Anda vete pues, pero luego no te arrepientas.

Ya sé que a ninguna chica le atrae ese tipo de conducta, se también que fui un reverendo idiota por no captar lo que en realidad B quería hacer, pero a mi favor puedo decir que recién estaba conociendo el acalorado mundo sentimental. Fue por ello que cuando me pare del sofá para dirigirme a la puerta, B me atacó por la espalda, pellizcándome el poto. Gire de inmediato y ella se abalanzo sobre mí para besarme. Sin reacción posible, solo me dejé llevar. Lentamente fuimos avanzando hacia el sofá. Ella estaba hecha una fiera: me arañaba la espalda, me pasó su lengua por toda la cara como si en vez de un chico fuera una paleta de caramelo.

La cosa se puso algo violenta. Lo que pudo ser una tierna escena sentimental, se convirtió en un grosero round de lucha libre. Nos caímos al suelo, nos revolcamos, cambiamos de posición. Todo fluía tal y como mandan los cánones de la seducción.

Fue en aquel momento que cometí el peor error de mi vida, mientras B me quitaba el polo para seguir con el juego prohibido, comenzó a darme besos por todo el pecho hasta llegar a la zona abdominal, donde repentinamente me metió un mordisco cerca del ombligo. Aquel mordisco inesperado desencadenó una reacción nerviosa que nunca imaginé tener.

Por acto reflejo doble mi rodilla izquierda, estampándole un golpe al nivel de la nariz en el rostro de B. Prácticamente quedó noqueada en la alfombra de su sala, le sangraba el labio superior, y yo que más asustado no podía estar, traté de persuadirla pidiéndole disculpas por el abrupto golpe propiciado por los nervios. Su única y lógica respuesta fue: ¡Lárgate! ¡No te quiero volver a ver! ¡Eres un idiota!


Salí expectorado de su casa y de su vida como un perro sarnoso, sentí un hincón de vergüenza en el estomago, imaginar el horrendo estado con el que amanecería su labio, todo hinchado,  como la bemba de Michael Jackson antes de la operación; pero lamenté aun más, la idea de echar a perder mi primer intento real de bailar tango sin ropa con una enamorada.

Mientras caminaba de regreso a mi casa, me di cuenta que había sido un tremendo cojudo el no darme cuenta de las señales que ella emitía. No es que se aburriera en las fiestas y por eso no hablara, era que quería ir a un lugar más privado donde solo estuviéramos los dos, tampoco es que había adquirido la manía de morder, es solo que me mordía para poder excitarme y así sea yo quien dé el primer paso (el cual nunca di), lo que si no pude explicarme fue por qué comía carne cruda, pero era algo que no venía al caso. El punto es que había arruinado algo que pudo ser una noche salvaje y hormonal.

Después de llamarla toda la semana y no recibir señales de vida, accedí en ir a buscarla a su casa, imagine que después de toda la semana, la cólera se le había pasado, que podíamos entablar una conversación tranquila y retomar los besos que dejamos inconcluso en el sofá.

Como no sabía que hacer en un caso como este, decidí darme una vuelta por la florería que estaba cerca a la Plaza de Armas. Nunca había regalado flores, ni mucho menos escribir una dedicatoria, así que en cuanto llegué a la florería entré, pedí un ramo de margaritas y en un descuido del despachador, cogí el cuaderno de apuntes que estaba sobre el mostrador y revise las dedicatorias que otros sujetos habían dejado. Ante tal arrebato sé que mi curiosidad pudo más. Dicen que la curiosidad mató al gato, pero de risa. Mientras leía los mensajes, no podía evitar reírme como un payaso, había encontrado cada mensaje atorrante y ridículo de los cuales pude rescatar los siguientes. “Si no me perdonas, me mato”, “Me muero si me dejas”, “Espérame bañadita”, “Se que el otro no te hace sentir lo mismo que yo”, “Te extraño, perra”, “Te querré hasta que Perú vaya a un mundial”, “Estas flores te las mandamos ‘Panchito’ y yo”.

Después de coger mi ramo de margaritas sin dedicatoria, partí rumbo a la casa de B. En el camino intentaba idealizar alguna frasecita corta que hubiera escuchado en alguna comedia romántica, algo que me funcionara para decir “lo siento” sin tanta alharaca. En esas mongolitas cavilaciones andaba, cuando al cruzar la esquina de su casa, me llevé la sorpresa de mi vida. Estaba  la susodicha, parada de los mas fresa en la puerta de su casa, besuqueándose tan cándidamente con un tarado que fácil y le llevaba unos 6 años.
 

Totalmente indignado di media vuelta rumbo a mi casa, lanzando insultos y maldiciones al aire: ¡putamare!, ¡carajo!, ¡conchasumare! No encontraba mejor forma de desquitarme que lanzar insultos a ningún destinatario. Me habían herido en mi precario orgullo adolescente, así que,  al mismo estilo de una de las película románticas de James Cameron, me puse a desojar margaritas (literalmente hablando) todo el camino de regreso.

Casi antes de llegar a mi casa, en un acceso de tranquilidad, alcance a mandarle una maldición a lo lejos: “Putamare, ojalá este huevón le empareje el otro labio”.

 
Edición y Fotografía: Dessiree Ramos Angeles (La culpable y hacendosa Dessita, que la otro noche me invitó unos huevos sancochados que me mandaron al baño todo el día)

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[Les dejo esta canción que fue la precisa que sonó en mi cabeza el día que regresé a mi casa desojando margaritas por el camino. Un tema puñal.]

 

 

Aviso de Servicio Público 1: Quiero saludar a mi hermano Adolfo por su cumpleaños, acaba de cumplir quince y ya está listo para salir a la cancha a sudar la camiseta.

Aviso de Servicio Público 2: Gracias Silvana, Dessiree y Betto por prestarse para las huachafas fotos de este blog. Un abrazo pulpo.    

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